
Capitulo 0.0 de Kyôko - ¡Welcome to Winged Paradisse! .:*:. El poder del sueño .:*:.
Como cada día, ya casi al ocaso, salía de “Garrongs” la tienda de antigüedades en la que trabajaba a media jornada. Hoy, había tenido poco trabajo ya que no habían entrado más de un par de personas en todo lo que iba de tarde, así que Martha, la dueña del local, me había ofrecido volver antes a casa. Pero aun así, como cada día, me quedé a hacer horas extras, ya no por el dinero, sino porque estar allí era lo único que me distraía y a lo único que le encontraba sentido, tal vez, de mi monótona vida. Mi casa no se encontraba a más de un cuarto de hora de camino, así que no me solía tomar la molestia que coger el autobús o el tren, que paraban justo enfrente, e iba caminando tranquilamente. Allí no me esperaba nadie, así que no tenía porqué darme prisa en volver a entrar en la fría mansión, pero acogedora al mismo tiempo, que me habían dejado mis padres como “herencia”; ya que habían desaparecido hace varias décadas, sin dejar rastro alguno de que hubieran existido alguna vez. Tan sólo, dejando atrás un pequeño trozo de papel garabateado, en el que se podía leer:
“Para evitar futuras catástrofes, es mejor que nos separemos ahora. Fdo: Tu querida familia” Nunca logré entender a lo que se querrían referir con eso de “futuras catástrofes” ni en lo que se les pasó por la cabeza para dejar a una niña, que apenas llegaba a los sesenta centímetros de altura, sola en aquella inmensa casa. Pero yo continué tirando adelante, no se puede decir que llevara una vida ejemplar, pero lo hacía como podía. Nunca se me habían dado demasiado bien las relaciones con la demás gente al estar acostumbrada a adentrarme en mi soledad, y los vampiros tampoco son demasiado bien aceptados por la multitud. Así que en mi larga vida me vi obligada a ir cambiando de colegio cada vez que se esparcía algún rumor sobre mí acerca de ese tema, antes de que se hiciera demasiado popular y llegara a demasiados oídos innecesarios. Pero, aún así, acabé una extensa lista de carreras universitarias sin problemas. No es que me gustara estudiar, pero tenía muy buena memoria y como tampoco tenía otras cosas más importantes que hacer, debido a las limitaciones de la apariencia con la que me veían los humanos, me dediqué a sacarme títulos de materias muy diversas. Tras mi paseito diario, al fin llegué a casa, era de un estilo antiguo y con un aire misterioso para la mayoría de la gente, que aunque lo evitaban, pasaban por los alrededores. Para mí ésa había sido mi casa desde que tenía uso de razón y no la cambiaria por nada del mundo. Chasqueé los dedos y, de cada una de las cuatro antorchas apoyadas en la pared del vestíbulo, surgió una llama que se encargaban de iluminar la sala. Tras atravesar el vestíbulo, apagué la antorchas con otro chasquido de mis dedos; y me dediqué, como cada vez, a encender, a mí paso, y a apagar, cuando las dejaba atrás, todas las múltiples antorchas que debía contener aquel infinito pasillo que recorría toda la casa. Al llegar a la última habitación del tercer piso, la mía, me adentré en ella, me tumbé en el mullido colchón de mi ataúd (una de las pocas tradiciones que me habían inculcado mis padres era esa), que a diferencia de la mayoría, era bastante espacioso y me dormí antes de que me diera tiempo a taparme. Aquel día estaba muy cansada, más de lo normal, aunque últimamente, desde que descubrí aquella especie de marca en forma de dos alas negras en la parte exterior de mi tobillo izquierdo mi cansancio había aumentado considerablemente… y, cada vez, iba a mayor. A la mañana siguiente, me desperté todavía somnolienta, a veces me asombraba hasta yo de mi misma, después de dormir algo más de quince horas seguidas (que se dice rápido eso) todavía tenía sueño, me estaba empezando a preocupar seriamente sobre mi estado de salud. Sabia que ir al medico no me serviría de nada ya que yo no tengo las mismas enfermedades que los humanos, así que ni siquiera me molesté en ir. No había nada que pudiera provocarme dormir tantas horas seguidas. No realizaba ningún ejercicio tan agotador como para hacerme dormir como una marmota, y era imposible que mis pequeñas prácticas de tiro con arco me provocaran tal cansancio. Mire de desperezarme y enfriarme un poco las ideas dándome una ducha de agua fría, pero nada. Me vestí con lo primero que pillé del armario, bajé a la cocina a comer algo y después tras encender las velas de la gigantesca lámpara que adornaba el techo de la biblioteca con un suave chasquido de mis dedos, me senté en una antigua butaca de madera y me dispuse a retomar mi lectura ya empezada hace algunos días. Se me pasó el tiempo volando, dejé mi libro de portadas antiguas y páginas amarillentas, debido a la longitud de su vida, encima de la gran mesa que ocupaba el centro de la habitación. Me dirigí a mi habitación cojí mi bolso de tela negro y con el dibujo de una muñeca de trapo de color grisáceo dibujado en él. Al mirar mi reloj para ver del tiempo del que disponía antes de que empezara mi jornada de trabajo, observé que tan sólo quedaban unos pocos minutos, así que me vi obligada a utilizar la teletransportación para no llegar tarde. […] Acabada mi jornada de trabajo, retomé mi camino a casa, esta vez, me costaba trabajo respirar, mis parpados luchaban en una ardua batalla contra el impulso que les empujaba a cerrarse y cada vez hacía más esfuerzos para avanzar un pie delante del otro. Con un grandísimo esfuerzo logré llegar a mi apreciada mansión, atravesé el vestíbulo y el longitudinal pasadizo hasta mi habitación. Una vez allí, me senté en el borde de mi ataúd, con las piernas juntas y los brazos sosteniéndome la cabeza. Jadeaba y hacia un enorme esfuerzo en continuar respirando. Tenía muchísimo sueño, una parte de mi quería dormirse y descansar, pero la otra se resistía ya que el lo mas profundo de mi ser, había algo que me decía que si ahora daba mi brazo a torcer, probablemente hoy habría sido la ultima vez que habría visto brillar al sol desde la Tierra. El tiempo pasaba y la situación cada vez iba a peor, sentía que ya mis músculos flaqueaban y que el cansancio que se cernía sobre mi era una carga demasiado pesada como para poderla soportar mucho mas sobre mis flacuchos hombros. Los últimos minutos de mi existencia se me hicieron eternos, mi respiración cada vez se me hacia mas pesada y ahora era mucho mas entrecortada que al principio. Lo sabía, ya me había dado cuenta, por mucho que me costara reconocerlo: la llama de mi vida se apagaba. En cuestión de segundos vi como toda mi vida pasaba de largo, todo lo que había vivido, desde mi nacimiento, hasta ahora… Ya no aguantaba mas, mis esfuerzos flaquearon tan solo un instante, pero eso bastó; para que la muerte, tan segura de su victoria, me tomara entre sus brazos. Lo que ocurría después de la muerte, no era como me había imaginado, no se tornaba todo negro ni tampoco mi alma se separaba de mi cuerpo a través de mi boca. Si no que, para mi sorpresa, el alma que habitaba en mí empezó a encoger hasta llegar ha hacerse lo suficientemente pequeña como para poder moverse con libertad. Me encontraba en un lugar que al parecer siempre había anidado en mi interior pero del cual ni yo misma conocía la existencia. La luz turbia de la que disponía el ámbito no era suficiente para iluminarlo por completo, pero a lo lejos de un amplio pasadizo que se hallaba frente a mí, se alcanzaba a distinguir una esfera de luz azulada. ¿Qué era todo eso? ¿Había estado en mi interior todo este tiempo y no me había percatado de su existencia?
- Así es – pronuncio una voz en algún lugar indescifrable.
- ¿Puedes leer mi mente? ¿Quien eres? – me gire analizando todos los rincones de aquel espacio con la esperanza de vislumbrar alguna silueta entre las tantas sombras difusas que provocaban las lámparas del lugar.
- No te esfuerces en buscarme pequeña. Ya me estas viendo, estoy frente a ti.
En mi cara, casi sin quererlo, se dibujo una mueca que manifestaba mi estado de confusión. Volví a mirar a mi alrededor y entonces comprendí.
-¿Eres la esfera?
- Bueno, no exactamente, pero algunos me llaman así. Acércate, no tengas miedo. Mi nombre es Vramit, soy el portal que te llevará a lo más profundo de tu alma. Debes traspasarme. Esto de conducirá a tu destino.
-¿Qué? Pero si estoy muerta. ¿No se supone que ahora tendría que subir al cielo o bajar al infierno? No entiendo nada. ¿Y que se supone que hay en lo mas profundo de mi alma? Y además,… destino, ¿Qué es eso? Nunca he creído en el destino, y no hay ningún motivo que me empuje a cambiar de opinión, y menos después de muerta.
- Demasiadas preguntas jovencita. Eres una de las elegidas, has de llegar a Winged Paradisse y cumplir el destino que te ha sido concedido.
- Ya te he dicho que nunca creí en eso.
-Ahora no importan tus creencias, lo único que debes hacer es traspasarme. ¡Venga, rápido! Piénsalo, no tienes nada que perder.
- ¡Me niego a ir!
La misteriosa voz susurró algo por lo bajo y de repente mis pies comenzaron a moverse solos, se deslizaban sobre un suelo frío de granito. Intenté detenerlos, al tiempo que le pedía a Vramit que parara, pero todos mis esfuerzos fueron en vano. Atravesé todo el pasillo hasta llegar hasta él. Mis pies empezaron a levitar, y en el momento en el que yo ya flotaba por completo, una fuerza me absorbió dentro de él como si de un imán se tratara. Atravesé volando, durante unos segundos que me parecieron eternos, una gran cantidad de espacios en los que no se podía distinguir prácticamente nada, excepto algunos colores un tanto borrosos. Noté como a medida que iba llegando a mi lugar de destino mi alma se iba adentrando en otro cuerpo, exactamente igual que poseía en la Tierra. Era una sensación extraña, pero no me disgustaba del todo. Al fin, salí disparada hacia fuera y aterricé, dando un gran golpe contra el suelo mullido por la hierba y la tierra fértil que separaban: a un frondoso bosque, de unos puntiagudos y empinados acantilados de la costa que eran atizados con furia por la gran fuerza del mar. El sol radiaba con fuerza, y lo máximo que alcancé a distinguir a lo lejos fue un enorme castillo de carácter medieval del cual sobresalían las torres por encima de los árboles más altos del bosque. A los pocos segundos, la vista se me empezó a nublar, comencé a sentirme débil y antes de que pudiera darme cuenta me vi desmallada en el suelo de aquel gran lugar desconocido.
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